Toni di Luca

Una de las cosas que más me inspiró para este relato es esa aventura que vives en los veranos de la niñez, que luego recuerdas lejana y te repites que no fue real, que la tienes mitificada. ¿Pues sabes qué? Fue real, pasó y a mi me encanta revivir esos momentos y recordar detalles ( que la mayoria puede decir que inventa tu mente por el recuerdo mitificado) pero la realidad es que estaban ahí escondidos.

De entre todas esas aventuras que pueden pasar en esos veranos, están las que te ponen la piel de gallina y entre esas seres especiales que conoces. Mis favoritos es los que el canon conoce como vampiros y los hay muchos tipos. A mi siempre me gustaron los macarras. Y mis favoritos de todos todos son los chicos que viven bajo el parque de atracciones de Santa Carla. ¿Los recordáis?

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Por ello cuando veia Stranger Things y descubri a este otro chico no pude sino pensar que era un lost Boys y en mi mente volvio el recuerdo de esos veranos y nació Toni di Luca. No me enrollo más y os dejo con el relato! Que lo disfruteis!

Toni di Luca

Todos los de la pandilla esperábamos sentados en Las Escaleras, hasta que un día, a mediados de agosto, aparecía. Llegaba con unos tejanos ajustados de gran ciudad, y su sonrisa de «¿te atreves?». Se rumoreaba que cuanto más miedica más le gustabas. y los días que tardaba ese chico en volver a Las Escaleras era lo que me hacía recelar. Algunos no queríamos, pero íbamos cada tarde a esperar a Toni di Luca. Si te elegía tenías que guardar el secreto y pasabas al grupo de los mayores, siempre había sido así.

Aquella tarde, la primera del verano del 86, me eligió a mí. Por el camino me envalentoné. Quería preguntarle acerca de Marcos; su familia no había vuelto a la urbanización. Pero cuando me miraba mi valentía se derrumbaba. Era guapo, demasiado guapo.  

Si había alguna cosa que me daba autentico miedo eran las alturas. Y esa tarde Toni había elegido subir al peñón. Se puso justo detrás de mí. Allí, al borde del precipicio, sentí el calor de su aliento en mi oído. Me susurró: «yo te quitaré el miedo». Miré al acantilado, sucumbí a la altura y al temor, me giré asustado, pero cumplió su palabra. Puso sus labios sobre los míos y aspiró. Aspiró tan fuerte que solo podía hacer una cosa para corresponderle. Saltar.

Al abrir los ojos vi a mi padre, con su cara de horas extras, a los pies de la cama. Se levantó la camiseta, vi las cicatrices de una antigua quemadura y el verano acabó con un abrazo. 

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