MISCELÁNEA – Vómito Artístico

¿Cómo lleváis lo de las fobias? ¿Y lo del arte moderno? 😀 ¿Y si mezclamos las dos cosas? Pues esto y algo mucho más bizarro es este relato surgido también, de la clase de Monstruos Literarios de Ricard Ruiz-Garzón.
No he querido ponerla en la sección propiamente dicha porque bueno, no sé si exactamente entraría en ella. La premisa era la transformación en monstruo y hasta aquí puedo explicar.
Bienvenidos y bienvenidas a un recorrido decadente por una galería de arte moderna hasta tu propio el éxito de masas.
TW: Leguaje sucio ?¿ Tripofobia: ojo lxs sensibles si no conocéis esta fobia cuando la busquéis en Google.

Tripobofia y colorinchifobia. Dos en Uno

El cóctel y los mecenas venían acompañados de una entrada libre a sus pesadillas.
Catia caminaba por la galería con las manos apretadas en los bolsillos de su abrigo gris perla, el sonido de sus tacones golpeando el gres. El abrigo creaba una barrera entre su cuerpo y la invasión de mal gusto y arte prostituto que le esperaba. Si pudiera, hubiera caminado a ciegas por el patíbulo.
El primer corredor era cetrino y desde el techo proyectaba cubos, burbujas y espirales violetas, verde eléctrico y amarillo pollo: Arte Fractal. Se suponía que debía interpelarla, pensó mientras avanzaba a zancadas entre las luces, pero lo único que consiguió provocarle fue el sonido de una arcada. Divisó un hombre, en cuclillas, bajo el quicio que daba a la siguiente habitación. Se incorporó al verla y pasó junto a ella, echándole un vistazo a la altura de su cintura. Catia siguió su mirada y antes de atravesar el umbral pudo ver unas manchas en forma de líneas fosforito cruzando su abrigo. Maldijo. Si se había ensuciado su precioso abrigo gris perla ahí dentro, les cobraría el lavado. Sus pensamientos se colapsaron cuando, en mitad de la sala se encontró rodeada de paredes cubiertas de grandes obras con motivos minúsculos y pegados entre sí. Manchas negras entre otras amarillas, hexagonales, como colmenas colosales. Interiores de sombreros de hongos enmarañados, comas invertidas como cachemiras vivientes: el infierno de los tripófobos. Catia sintió una honda repulsión. Salió corriendo de allí para plantarse en medio de una sala donde se derramaba una luz amarilla, cegadora. Una pareja se metía mano en el único banco de hormigón de la sala. Sintió algo húmedo en algún lugar de su cuerpo que no podía detectar; parecía que se extendía, caliente desde sus entrañas hacia el esófago. Una enorme cachemira había aparecido en uno de los lados de su abrigo, pero había algo más en sus manos. Las alzó, buscando: las encontró agujereadas, como si hubieran sido atravesadas por un ejército de termitas hambrientas. Las sacudió asqueada y miró al techo, buscando el proyector que debía estar enfocándola. Bufó, ni rastro de él. Atravesó la sala, ahora con una luz naranja como un amanecer de resaca. Apareció en un cuarto oscuro que, en realidad, era una instalación. En el suelo, unos tubos curvados de neón fucsia recorrían la sala formando círculos, con un nenúfar azul pálido en el centro. Las paredes disparaban rayos rojos como láseres. Catia gimió. Parecía una de esas horrendas portadas de ciencia ficción del siglo pasado. Al otro lado, un cartel brillante parpadeaba: Recepción. Junto a él, otra señal marcaba la continuación de la experiencia en otra sala. Se podían meter lo que faltaba del recorrido por el lugar más oscuro que encontraran. Catia caminó hacia el neón parpadeante, sintiendo su cuerpo pesado arrastrarse, como si en lugar de pies tuviera una fregona mojada y resbaladiza. Un rayo rojo en cenital la cegó unos instantes. Algo se movía bajo su abrigo, por encima y por debajo de su piel. Dejó caer la prenda al suelo, asqueada, no podía entrar así en la recepción. Un tacón se le debía haber roto porque sintió que se hundía aún más en el suelo. Miró hacia abajo y hacia sí y vio su precioso little black dress convertido en una migraña de colores turbios, salpicados sin acierto. Solo un paso más. Luego otro, su tobillo en una masa informe de pigmento amarronado. Alcanzó la puerta de la recepción; era acristalada, podía ver una multitud ordenada en capas al otro lado, mezclada con una gigante  lengua amenazadora que se cernía sobre ellos para caer inminente, como una doble exposición: Antes de empujar la puerta, echó un vistazo a la sala contigua: allí colgaban un puñado de cuadros perfectos y realistas, bodegones, retratos, una tremenda vomitada de colores, entre aristas de madera y lienzos exangües. Vio uno con su nombre y la mancha avanzó hacia arriba, como una cañería rota; bajo presión. Abrió la doble puerta con sus dos nenúfares y se derramó una enorme ola de pintura mal mezclada, oxidada y descartada. Los mecenas se maravillaron y los artistas aplaudieron, salpicados. Ojalá, algún día, ellos también hicieran historia.

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